¿Qué es #cronicasdelpoeta y quiénes somos?

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Historias alrededor de una hoguera (16)

Se acercaba un arriero sobre su mulo, con sombrero viejo y burro bien cargado. Y es que, cuando se avecina tormenta, los viajeros tienden a compartir refugio y fuego, historias y sueño.

Iván terminaba un caldo de cardillos y zanahoria mientras asaba unas castañas en las brasas. Carmen le miraba, seguía sus gestos concentrados. Parecía un alquimista, molía especias y probaba con su cucharón de madera el mejunje hasta que le convencía.

– ¡Laurel! – Exclama el mago – Le falta laurel.

– Quizá yo pueda prestarle un poco. – Se apresuró el arriero, que entraba en la ruinosa cuadra del caserío abandonado donde se guarecían. – Por cierto, de camino hacia aquí me he topado con tres individuos sospechosos. Creo que ellos no me han visto a mí porque yo pasaba por la colina y ellos estaban en el arroyo…

-No se preocupe. – Respondió Carmen. – Parecen sospechosos, pero en realidad sólo son tres idiotas intentando coger ranas para la cena.

La cara del arriero era todo un poema. Iván había saltado sobre las alforjas rebuscando el laurel sin mediar palabra. El hombre miró a Carmen con asombro.

– No se preocupe, al final se les coge cariño. Acérquese al fuego. Pero dele al cocinero el laurel, antes de que le dé la vuelta al burro. – Le tranquilizó Carmen con cara de resignación.

A lo lejos se oían gritos de celebración acercándose. Zoe, Fran y Juan volvían del arroyo con aires de victoria.

– ¡Mira, cocinero! ¡Mira qué dos ranas hemos cogido! – gritó orgulloso Zoe lleno de barro sin reparar en el arriero.

– Eso son dos sapos, idiota. – Respondió Iván. – Esos dan dolor de barriga.

-¿Lo ve? – Susurró Carmen al arriero – Idiotas, nada más.

– Menos mal que yo he cogido unas zarzamoras. – Se enorgullecía Juan.

– Y yo un resfriado – Se lamentaba Fran.

El arriero se echó a reír a carcajadas. – Cocinero, haz el favor de acercarte al burro y sacar un poco de pan y cecina, además del laurel. Están en una de las alforjas. – Iván lo hace sin pensar. De pronto a Carmen se le pegó la risa del hombre y también empezó a reír.

– No te aburres, no. – Respondió el arriero a la risa de Carmen.