Lo único mío 

Trepa la vida por mis heridas salvando todas las esquinas de mis malas posturas. Trepa y se ansía, se aferra tibia a los fondos de limo donde beben mis arrugas. Trepa y me asfixia, me silban las hojas movidas y las palabras no dichas, apenas pensadas, las ideas construidas. 

Trepan por mis brazos los alambres para la pesca, las hoces para la siega, los cuchillos para la guerra y los pensamientos desordenados hasta mi cabeza. 

Trepa, trepa la vida cruda frente a un espejo, sin ternura ni buenos días. Sin miradas complacientes, ni placebos, ni aventuras contadas entre parpadeos somnolientos. 

Trepas, mi vida, y, por cada punto de encuentro entre tu mundo y mis versos, voy viviendo un poco menos. Pero trepa, trepa tranquila, pues el mundo son los restos tras la algarabía que al brote alivia y al árbol derriba. 

Y lo único que es mío, es mi vida. 

El baile de Laura 

El baile de Laura (Fotografía de Laura)

¿Recordarás cuando bailemos juntos? Tú serás viento y yo el agua despedida de tu cuerpo. Quedarán tus huellas, tus pasos vivos y las sombras húmedas, como recuerdos; mis inventos, tus sueños, un espacio imaginario donde sigo tu movimiento.

La alegría de vibrar, de no callarse nada en cada giro, lanzando gotas libres, indirigibles, tan llenas de alma como suspiros. Y coso tus descosidos y tú los míos. Sonrisas al aire, hermosos sinsentidos

Suenan la risa y las ganas, chapoteos con voz de pisadas mojadas. Las ganas y un brillo en los ojos, un delirio profundo, desinhibido sobre la madera seca que lo absorbe todo, hasta la diferencia entre la alegría y un postre sin cáscaras tras la cena. Conociendo los pequeños secretos de un baile, imaginando juntos a qué sabe el aire. 

Tu estratosfera 

Bajo el cielo cuarteado, tú giras como la tierra. Soy el primer satélite dentro de tu estratosfera. A veces estamos tan cerca de tocarnos que tú pareces cielo y yo suelo. Sin embargo nuestras vidas giran al contrario y como está de moda no mirarnos, nos ignoramos. Lanzo miradas distraídas a tus pasos pero, reconozcámoslo, la gente terrestre sólo mira a la luna cuando alza los ojos pidiendo algo a cambio. 

Y se inclinen las nubes, o los astros, tus caminos se abren como las rocas para que fluya el agua, sin mojarnos. Saltando entre los hitos de dos vidas en continuo cambio. 

Disimulas por mi atrevimiento, quizá porque piensas que solamente soy otro cometa que en tu estela se consume, se quema. Me gusta pensar que nuestra relación es elíptica como la órbita de los planetas, y que nuestra inclinación nos condena a las estaciones, a veces eres invierno y otras… Estamos tan cerca. 

Cuando no se nuble el cielo 

Si no ves mi oscuridad, la luz que genera mis sombras no te sorprenderá. Y sin sorpresa, por qué iba a existir la curiosidad. 

Dicen que la noche es siempre más oscura justo antes del amanecer. Dicen que el suspiro es ese camino que desaparece al pensarlo. Dicen tantas cosas que jamás podré decirte… Las apunto en el cielo, uniendo estrellas, formando letras, constelaciones de palabras. Es el método comprobado con el que los sueños pueden durar miles de milenios. 

Quizá algún día, justo antes de un amanecer, cuando no se nuble el cielo, puedas verlos entre versos. 

Marcas en el suelo 

Líneas entre la fuente de tu inspiración y mi dispersión por el campo ahora seco del pensamiento. Formas arrebatadas a la piel fértil de un cuerpo, antaño de verde encina, recuperados en la paleta los ocres, amarillos, llevados como caricias al lienzo del ahora. Enmudezco. 

Cuántas fronteras veo entre tu vestido y el sexo; entre los andares del trigo roto y el alimento. El subsidio para un día más, lo que mueve el viento. Entre verdades traicioneras y los sentimientos. 

Y miro los campos y me veo inmerso entre los delicados pliegues de mis deseos. Mujer, qué hermosa es tu piel de enero, blanca y rosada, y cuánto la echo de menos. Líneas, fronteras como arañazos en la tierra; en este, mi destierro.

Líneas que lo unen todo en mi cerebro, el campo, el lienzo, tu cuerpo, el viento, mi destierro y tu sexo. Somos marcas en el suelo, en la piel y en el tiempo. 

A veces, caminando solo, se me escapa un te quiero. 

Madres

Quién mejor que tú para entender que la pena no vale la pena si no es de muerte. El sentido común arrodillado frente al descalabro obstinado de un destino que no existe más que en la costumbre. Mis ojos ciegos fijos en la lumbre, solitarios, perdidos demasiado tarde y, tan lejos del siguiente paso, arden inventando nuevos estados de ánimo que no tardarán en ser derrocados, por ser regímenes bastardos, no por estar equivocados.

Quién mejor que tú para estos ojos cansados, me pregunto. Y la respuesta es que tus puentes salvan todos mis barrancos. Ni los versos humedecen los labios de quienes prefieren evaporarse a morir fluyendo contra un mar incierto. 

Piedras y flores 

​A veces sueño que comparto caricias, besos en un hombro con agua de río, momentos escondidos entre chicharras, mariposas y caballos azules voladores. 

Piedras y flores, a veces sueño cosquillas de hierba alta, la gota de agua que se escurre por cualquiera de tus rizos hasta mi espalda. 

A veces piedras y a veces flores, se pasa el reflejo del manantial. A veces siembras y no recoges, se van las cosechas del alma.

A veces sueño, a veces creo,  otras simplemente voy muriendo, como el resto. Agua abajo el río claro parece seco, del color del cieno, ya no se ven los hermosos fondos ni se escuchan bichejos. Tan sólo un incómodo ruido de ciudades sobre su lecho.