La ría del puente viejo 

Dejadme tragar otra vez este agua de mar. El que sube por mis venas de limo y fondos ricos. Aunque a veces tan sólo parece barro cuando lo comparto. Tan importante como los pasos que en él dejan marcados mis pájaros.

Puestas de sol, puente viejo y mis alas perdidas sobre los reflejos de una ría dulce, de un sueño amargo, de un paseo por el fango. 

Somos el pasto devorando el fuego que consume los astros, la riqueza creativa sin plazos. Acostumbrados al barco sin timón ni velas que a veces desespera, nos vimos navegando, abanderando el desahucio de otro pedazo de tierra a la deriva, el hogar, que uno siempre lleva encima.

Miré mis venas y vi la ría, sostuve un verso apenas sin tocarlo con los labios y echaron a volar los marineros en sus barcos encendidos, como amores al desarraigo entre tormentas de verano. 

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El músico y el agua 

El músico, que no encontraba la metáfora, se inclinó sobre una baranda y miró arqueando las cejas, sus ojos buscaban desde antes de que llegara la mañana… y encontraron respuestas, todas preguntas, ninguna resuelta. Poemas dibujados sobre la partitura del agua, apariciones solemnes, fantasmas de una palabra escrita y deformada. Las burbujas de aire oxigenando el compás vertiginoso antes de una cascada, el silencioso amanecer de la sombra en una ola que pronto se disipaba.

Su curiosidad perdida en la aventura que lo ensoñaba le daba alas, rienda suelta a las dolencias que lo atormentaban. Mientras, sin darse cuenta, tatareaba la canción que antes buscaba, fotografiando versos y sonidos sobre el agua, bajo sus pestañas. 

Las horas oscuras 

Y si algún día alzas la vista y descubres que te has rendido. Qué cicatriz tatuarás en tu cuerpo para mitigar ese dolor. Qué dibujo ensombrecerá la belleza de la inocencia perdida.

Y si un día al mirarte las manos sólo hay vacío. Dónde estarán los demás en esas horas oscuras. Cuando tus órganos fallen y las nubes anuncien como otras veces lo inevitable. Cuando la rebelión de lo absurdamente hermoso fracase una vez más y los vuelos del ave de fuego terminen. Dónde estarás. Dónde amarás mientras gira el cielo una vez más para ti y no para mí.

Y si las horas oscuras se hacen más largas de lo que esperabas. Y si nadie contesta tu llamada. Y si tan sólo un paso separa tu alma de las brasas, detrás la pared y delante la espada.

¿Recordarás que una vez estuviste enamorada?

Te diré la verdad, nadie sobrevive a la muerte; sin embargo, haber amado es la única manera de no morir en vano.

Y levantó el cielo para ver si podíais esconderos juntos debajo. Porque contigo, las horas a oscuras, son un regalo. 

A la deriva 

Alma en la nada navega y sueña, se quema, se entierra entre esperanzas y voces que reniegan de aguardar bajo tierra el paso de los cielos, de más inviernos augurando el principio de otra historia escarchada de recelos.

Alma que amas la deriva de tus ansias, la libertad que mana de tus entrañas. No hay tumba que sepulte el azar de un corazón roto, flotando en la solitaria inmensidad de un recuerdo. 

Navega o déjate llevar, náufragos en la oscuridad. Velas de mar que se encienden y que nunca más se volverán a hinchar. 

Alma, pensamiento, miradas, silencio en la corriente al arrastrar de las orillas todo lo que creíste amar y que en verdad era, como siempre, el mar. Tu destino final, quizá es el momento de aprender a nadar. 

Templos naturales 

Hay catedrales de hueso que albergan vidrieras de espuma y calcio, aferradas a un horizonte difuso, entre mundos. Mareas amantes que van despacio cubriendo y destapando esculturas, miniaturas que se desnudan. Vida sobre el sustrato mojado, amantes anclando sus manos, secretos en callejones de sal donde ni el aire camina descalzo. Urbes y palacios, remolinos de habitantes tragando mar, filtrando lágrimas en las mejillas rocosas que se colorean de sol y sal. 

Menos mal que mientras el mundo arda, mis templos de naturaleza y arte, me distraerán del hambre. 

El ermitaño 

Si la sombra que gira con la luz te mira, y tú que caminas frente a un mar en carne viva le devuelves la misiva, orgulloso, sin la humildad de una existencia efímera. Si la duda queda viuda y el eco termina dejando a la curiosidad muda pero a ti no te asusta, ni te importa, ni te genera ansiedad, ni te frustra. Crees que todo se cura. Te convertirás en piedras sostenidas imitando tu figura, proyectando sombras esperando una mirada soberbia, otra captura. Y así se llenó el valle y la playa de hitos que sólo marcan un camino, de habitantes vacíos que se miran con desafío. Todo seguido, en el tiempo y el lugar de esta historia, llegó un peregrino. No iba vestido, ni era tímido, pero miró al mar y a la sombra y los convirtió en su abrigo. Allí vivió para siempre el ermitaño rodeado de piedras con formas de hermanos, de vecinos que le recordaban a viejos conocidos. Y cuando se sentía perdido miraba al mar y dormía tranquilo. 

Dicen que dejó algo escrito, una mirada humilde, un mar de palabras amontonadas y unos montones de piedras que para muchos no significan nada. 

Te vi pasar 

Te vi pasar, marchar y no volver. Dónde estarás. Yo sigo aquí pensando en el día que tome de tu silencio un sueño.

Puso la distancia una idea en mi cerebro. Una broma de mal gusto: tú paseando y yo inventándote un nombre. 

Pasará, y tú volverás a pasar también, pero nuestra historia quedará tan sólo en un poema sobre este papel.

Y al escribirlo me revuelvo. Por qué…