Mi corazón de madera

Mi corazón de madera suena, latidos de cuerdas tensas. Melodías de un lejano oeste que nunca estuvo tan al sur ni tan cerca.

Bajo un sombrero se llenan de polvo los acordes, como nubes de recuerdos se levantan, vuelan. Y suenan, la soledad y las fieras, acechando entre tinieblas en un mundo donde el sol no llega, ni espera.

Si apenas enciendo una hoguera se queman mis vanidades, las que me quedan y suenan, los acordes, hambrientos de colores y nuevas ideas. Pero se queman, durante el instante exacto en el que se revelan mi corazón de madera y mi esencia.

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Historias alrededor de una hoguera (12)

La mañana teñía pálida de plata los azulejos viejos del porche medio enterrado. La noche había sido larga y fría. Iván no fue capaz de cocinar nada para la cena y, aún ahora, combatía el insomnio rebuscando por todas partes algo que llevarse a la boca. Zoe y los demás parecían estar muertos, o eso expresaban sus rostros cansados, medio dormidos y azulados de frío.

-No fuiste capaz de hacer el fuego ayer, ni nada de cenar, tampoco nos dejas dormir. Me pregunto por qué te dejamos venir con nosotros. – Rebuzna el borracho con resaca.

-Eso, Iván. Ni una miserable ensalada silvestre. – Se queja Juan.

-Habló el mudo. ¿Qué ha pasado que ahora hablas y anoche callabas? Siempre tienes mil historietas y ayer nos dejaste sin cuento. Me pregunto por qué te dejamos venir con nosotros. – Ladra Zoe dándole una patada a Juan, que está tumbado a su lado.

– El fuego lo podéis hacer cualquiera. – Replica Iván. – Y no fui yo el que nos metió en un matadero abandonado pensando que llenaríamos las panzas.

Fran, que estaba haciéndose el dormido, se incorpora y habla después de soltar un tremendo bostezo: – Si el idiota de Zoe hubiese comprado el mapa que le encargué y no se hubiera bebido el dinero…-vuelve a bostezar.

– Vaya, un rastreador, guarda y guía que necesita un mapa.- Le interrumpe Zoe. – Me pregunto por qué te dejamos venir con nosotros. Yo al menos conseguí el encargo. Por cierto, gracias por esas jarras de cerveza.

– ¡Lo tengo, por fin, con esto y un fuego puedo hacer una sopa! – Exclama Iván sosteniendo un diente de león en la mano. Cuando se gira, todos corren como locos a encender la poca yesca que encuentran.

– ¡A desayunar! – Grita Zoe mientras corre a por unos pocos palos para la hoguera.

He vuelto, gracias por esperarme.

Necesito tierra porque soy fuego, viento caliente desde un pensamiento que emerge como música en el destierro. Y bebo, del placer que espera, del agua formando cristales de hielo en lo más profundo del inverno, como un secreto que despierta y me aterra. 

Gracias a los que esperan, porque por ellos y ellas, estoy de vuelta. 

La ría del puente viejo 

Dejadme tragar otra vez este agua de mar. El que sube por mis venas de limo y fondos ricos. Aunque a veces tan sólo parece barro cuando lo comparto. Tan importante como los pasos que en él dejan marcados mis pájaros.

Puestas de sol, puente viejo y mis alas perdidas sobre los reflejos de una ría dulce, de un sueño amargo, de un paseo por el fango. 

Somos el pasto devorando el fuego que consume los astros, la riqueza creativa sin plazos. Acostumbrados al barco sin timón ni velas que a veces desespera, nos vimos navegando, abanderando el desahucio de otro pedazo de tierra a la deriva, el hogar, que uno siempre lleva encima.

Miré mis venas y vi la ría, sostuve un verso apenas sin tocarlo con los labios y echaron a volar los marineros en sus barcos encendidos, como amores al desarraigo entre tormentas de verano. 

El músico y el agua 

El músico, que no encontraba la metáfora, se inclinó sobre una baranda y miró arqueando las cejas, sus ojos buscaban desde antes de que llegara la mañana… y encontraron respuestas, todas preguntas, ninguna resuelta. Poemas dibujados sobre la partitura del agua, apariciones solemnes, fantasmas de una palabra escrita y deformada. Las burbujas de aire oxigenando el compás vertiginoso antes de una cascada, el silencioso amanecer de la sombra en una ola que pronto se disipaba.

Su curiosidad perdida en la aventura que lo ensoñaba le daba alas, rienda suelta a las dolencias que lo atormentaban. Mientras, sin darse cuenta, tatareaba la canción que antes buscaba, fotografiando versos y sonidos sobre el agua, bajo sus pestañas. 

Las horas oscuras 

Y si algún día alzas la vista y descubres que te has rendido. Qué cicatriz tatuarás en tu cuerpo para mitigar ese dolor. Qué dibujo ensombrecerá la belleza de la inocencia perdida.

Y si un día al mirarte las manos sólo hay vacío. Dónde estarán los demás en esas horas oscuras. Cuando tus órganos fallen y las nubes anuncien como otras veces lo inevitable. Cuando la rebelión de lo absurdamente hermoso fracase una vez más y los vuelos del ave de fuego terminen. Dónde estarás. Dónde amarás mientras gira el cielo una vez más para ti y no para mí.

Y si las horas oscuras se hacen más largas de lo que esperabas. Y si nadie contesta tu llamada. Y si tan sólo un paso separa tu alma de las brasas, detrás la pared y delante la espada.

¿Recordarás que una vez estuviste enamorada?

Te diré la verdad, nadie sobrevive a la muerte; sin embargo, haber amado es la única manera de no morir en vano.

Y levantó el cielo para ver si podíais esconderos juntos debajo. Porque contigo, las horas a oscuras, son un regalo. 

A la deriva 

Alma en la nada navega y sueña, se quema, se entierra entre esperanzas y voces que reniegan de aguardar bajo tierra el paso de los cielos, de más inviernos augurando el principio de otra historia escarchada de recelos.

Alma que amas la deriva de tus ansias, la libertad que mana de tus entrañas. No hay tumba que sepulte el azar de un corazón roto, flotando en la solitaria inmensidad de un recuerdo. 

Navega o déjate llevar, náufragos en la oscuridad. Velas de mar que se encienden y que nunca más se volverán a hinchar. 

Alma, pensamiento, miradas, silencio en la corriente al arrastrar de las orillas todo lo que creíste amar y que en verdad era, como siempre, el mar. Tu destino final, quizá es el momento de aprender a nadar.