El alguacil y el campesino

 
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A continuación les brindo un relato corto; una metáfora improvisada que humildemente deseo que les aporte algo. A cada uno le reservo el derecho de admisión para cuanto quiera extraer del texto. La mayoría pensará que no es apropiado, pero ¿qué lo es? Este soy yo diciendo hasta pronto, pues la vida da muchas vueltas.

Gracias a quienes han confiado en mí, a mis maestros y sobre todo a mis compañeros, (allá cada cual, se agrupe cada uno en la etiqueta que quiera, sólo hay que hacer autocrítica)

¡Hágase la luz!- Gritó el alguacil al llegar a las mazmorras, y los guardas encendieron las antorchas de la galería cavernosa. A la luz del fuego, los pasos marcados sobre la roca, acercándose,  provocaban un aterrador silencio. Parecía que las celdas estuviesen vacías y, en cierto modo, así era. Las oquedades con puerta y cerrojo separaban los cuerpos demacrados de las almas que antaño los habitaban. Pero el alguacil era indolente ante lo que se había normalizado en su día a día. Había olvidado que un día él también estuvo preso, demacrado y separado de su conciencia y de su alma. Había olvidado, de hecho, recuperar aquella conciencia que un día lo empujó a rebelarse contra el abuso feudal, a enfrentarse al gobernador y que finalmente lo condenó al cautiverio y, años más tarde, como el elefante encadenado en su infancia y liberado en su madurez, seguía acostumbrado a permanecer en su sitio, indolente, inconsciente, desalmado, a pesar de que ninguna cadena lo ataba. El miedo caló tan profundo en su interior que sus huesos temblaban de día y sus ojos se mojaban de noche.

Día tras día, durante años, perpetuó el abuso contra el que un día se rebeló, llegando a justificarlo en la taberna, los días que ganaba alguna prima que le alcanzara para tomarse una cerveza junto al resto de carceleros. Pero en el fondo, dentro de sí, aun habiendo renunciado a todo su Ser, a todo cuanto le había emocionado en su vida; sabía, tenía la certeza, de que su agonía algún día terminaría, quizá cuando volviera a rebelarse contra su miedo, por lo que es justo y por lo que es decente. Aunque él hace mucho que se sentía indecente, culpable y fracasado.

¡Abran la última puerta!– Ordenó. Gritaron las bisagras desvelando el cuerpo flaco de un preso, sin nombre, sin ropa, sin alma. Miró serio al interior, silencioso, como esperando que aquel despojo reaccionara ante la puerta abierta y la luz, tan escasa en ese agujero. Pero no ocurrió nada, tan sólo el fuego de las antorchas se movía, bailaba con las corrientes de aire. Y siguió sin ocurrir nada. Pasó una semana, dos, tres; luego un mes, después un año, así llegó a la vejez el campesino defenestrado reconvertido en alguacil. Así llegó a su lecho de muerte, buscando la mano de aquellos, o de estos, buscando la mano de alguien que le redimiera de ese profundo dolor que el miedo le había infundido. Y en la celda de aquel hospital de la sierra, mirando por la ventana, escuchó las risas de los niños jugando, del futuro caminando… y lloró. Encontró en ese sencillo y maravilloso sonido, su alma y su conciencia, y pensó antes de expirar:- “El futuro se abre camino, no importa cuánto afán pongan en detenerlo quienes se valen del miedo; la vida, el amor y la risa, siempre triunfan” y su corazón palpitó de nuevo y por última vez.

Y se hizo la luz. Arriba los corazones.

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2 comentarios en “El alguacil y el campesino

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