Mi vecina la tormenta

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El sonido de sus pisadas por el pasillo alimentaba mis ensoñaciones, mi alegría; sabía que llegaría. Me sentía como en aquel campamento de mi niñez, cuando sonaban los truenos y contábamos en voz alta los segundos hasta que aparecía el relámpago iluminando el cielo. Nos dijeron que esos eran los kilómetros que faltaban para que la tormenta se situase sobre nosotros. Sabía que el agua llegaría, sabía que la tormenta llegaría. Sabía que me encontraba en ese mágico momento atemporal, transitorio y hermoso, entre lo que hay y el cambio que se avecina. Con los rayos rajando las nubes, los truenos y los relámpagos aterradores. Qué pequeño me sentía a su paso, insignificante metáfora la nuestra, irrisoria existencia, tan pequeños y rebosantes de esencia vital. Y ahora te oigo llegar emocionado,  contando los segundos como tus pasos, por ese pasillo que se hace largo y eterno.  Sabía que llegaría el agua, la tormenta, tú, y que mi vida cambiaría.  Nunca me gustaron los paraguas, prefiero bailar rodeado de lluvia, saltando entre los charcos y llenarme de barro.  Ensuciarme de vida y secarme frente a un fuego, escribir un poema y leérselo al viento, ¡que se lo lleve! Y así, al menos, tendré una posibilidad de que te llegue.

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