La cuerda 

La locura inesperada que camina sobre el mástil de la cordura se me presenta marcada en la mano con un latigazo seco, sordo y doloroso, además de rojo. Se me ocurre revisar los repuestos, pero no tengo más cuerdas con las que atarme al sonido. Tampoco me sirve cualquiera. He perdido lo que vosotros llamáis un tornillo. Ya nada sonará igual, ni tu respiración al escucharme tocar, ni el brillo de tu madera al vibrar, ni yo mismo al cantarte al aire el contenido mis desvanes secretos y que, tan a menudo, visitábamos juntos en esas emocionantes noches estivales.

Se acaba, el verano como los acordes de nuestra canción. Dulcemente entra el frío, los poemas sufridos al escribirlos, la melancolía enferma del do, re, mi, fa, sol. Y lamento no haber encontrado otra cuerda que, de quererla, me muerda.

No pasa nada, el mundo de los cuerdos es para los muertos y, el de las cuerdas, para los locos, en el fondo somos maneras de conseguir estrellas.

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