La caminata 

Imaginé el descanso tras el ascenso entre praderas de verde y granito. Bajo mi sombrero el ceño fruncido, bajo los pies un sendero esquivo, sinuoso, perdido. Atravesamos bosques y el espacio entre árboles solitarios, generosos con sus frutos y sombras, con el canto de los pájaros. Sobre nosotros el mundo, azul salpicado de blanco. Seguíamos un rastro entre desfiladeros de roca y barrancos. Una pista despertó la ilusión del grupo, dos arbustos aplastados y el paso de un arroyo cristalino, ahora turbio. Todos callamos, respiramos con cuidado, como si desde la distancia alguien nos estuviera observando. Y voló una mariposa blanca hasta el barro removido, nos quedamos distraídos, perdiendo el sentido del tiempo, y de vista el camino. A lo lejos, desde lo alto de un risco, todos lo reconocimos, nos gritaba y saludaba un amigo. Por fin lo encontramos, justo dónde habíamos quedado, allí había estado esperando: en lo más alto, tras los desfiladeros y barrancos, tras el bosque y el barro, justo entre la mariposa blanca y el descanso tan necesario. 

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