El guarda del museo 

Bailaba acompañada por las miradas de los presentes, desinhibida, preciosa. Todos seguían sus movimientos con disimulo. Su cuerpo giraba sobre sí mismo y alrededor de los demás, como lo haría un mundo entero suspendido en el espacio, en el tiempo; que comenzó a detenerse en cuanto posé la mirada en ella, en su centro, que también era el mío. 

Me convertí en piedra, una escultura viva llena de suspiros y sorpresa. Y bailaba con la mirada siguiendo su estela, su perfume, sus tobillos ligeros deslizándose sobre el suelo. Imaginé sus preciosos ojos cerrados mientras remontaba el vuelo.

Ella era mi escultura preferida del museo, a veces, soñaba con atravesar la vitrina con los dedos, tras la hora de cierre, cuando nadie podía vernos. 

Entre nosotros no había silencios, ambos callados, mirándonos dentro, compartiendo sueños lejanos y pensamientos mundanos.

¿No te acuerdas? Yo era el guarda del museo y tú mi escandaloso secreto. 

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