El gorrión y la torre 

¿Por qué callas hoy pajarito? ¿Qué le pasó a tu canto que no vuela, ni llega hasta esta oreja? Veo que miras la torre de piedras y cómo tiembla. ¿Qué le sucedió a tu ánimo que lo cantas tan bajo?

Y el gorrión, hinchando su abrigo de plumas, jaleó con sus alas al viento que sopló con desenfreno sobre los tiestos, vacíos para este invierno. Me fijé en la torre de piedras, que hasta entonces parecía quieta, hermosa en equilibrio. Y se movía un poco sobre el tronco de encina.

El gorrión, que la veía tambalearse con la ahora ligera brisa, sentía curiosidad. Como esperando a que cayera seguía quieto frente a ella. Pero la reina de piedras se mantenía estoica contra viento y marea. De pronto me dí cuenta de que ni el gorrión se iba, ni parecía yo estar molestándolo; y ahí estábamos el pájaro y el loco, sentados uno al lado del otro, contemplando el tambaleo hipnótico de la torre, como las brasas y el fuego cuando echamos leña a la chimenea en los duros meses de noviembre a enero.

Sin quererlo, ambos nos quedamos en silencio, esperando el momento, mirando el metrónomo de piedra que marcaba el ritmo lento de una fría mañana de la que, si no escribo, pronto nos olvidaremos.

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