Las horas muertas

Alfombras de estaciones pasajeras, sin maletas, ni esperas, ni tiempos a tientas. Miras el andén de hierbas, musgos y piedras, coges sitio y te sientas. Salen las horas muertas a dar una vuelta, te llevan, cabeceas con el vaivén, con la ilusión de vivir otra serie de mágicas revueltas que den nueva forma a tu alma, para cerrar o asimilar tus grietas. 

Notas la calma, el viaje sin prisas, ni carreras. La fría luz invernal que, aún así, se sostiene en tu ropa, te calienta. Pasa una persona y su sombra, en línea recta, sin detenerse en la nada que vos contemplas. 

Se pasan las estaciones, las hermosas emociones, las cosas que ayer amabas hoy son como ranas que a tu paso saltan, se alejan, se esconden entre las algas, o entre las ramas si es que antes volaban. 

Y vos, junto a mí, seguís contemplando los vacíos hermosos de las horas muertas, las sensaciones, manteniendo en el infinito nuestras miradas. La tranquilidad convertida en palabras, mientras me abrazas. 

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