Historias alrededor de una hoguera (4)

Los días lluviosos daban tregua por fin, el barro trepaba por las botas, por las piernas, hasta las rodillas. Cada paso pesaba más que el anterior, como el frío con las horas. No llovía, pero el mismo viento que se llevó por la noche las nubes negras, intentaba arrancar del suelo embarrado a los caminantes, aunque seguramente consiguiera antes matarlos por hipotermia. 

-¡Mirad compadres! Allí está el fuerte fronterizo, son tan sólo un par de leguas más.- Dijo Fran que iba en cabeza.

-¡Menos mal!- Exclamó Zoe, que iba el último del grupo. – Tengo la calabaza vacía.- Siempre llevaba una pequeña calabaza hueca, con tapón de madera, a modo de petaca. 

-Eso no es nuevo, tú siempre has tenido la cabeza hueca.- Reía Iván que siempre intentaba devolverle las bromas a Zoe, aunque no con mucho acierto.

-Los grandes tratos se cierran tomando licor, o jarras de cerveza, y para eso es necesario saber beber y tener algo en la cabeza. -Se defendía Zoe, que era quien normalmente cerraba los tratos. – Para lo que no hace falta tener nada en la sesera es para matarnos de hambre. Lo último que cocinaste nos deshizo las tripas.

-Tenéis estómago de pajarito, no aguantais nada. Además, si se trata de cabezas huecas, no olvidemos que esta caminata de vuelta a Francia es culpa de Fran. Que se cargó el vino… -Suspiró mientras el viento le arrancaba el vaho de la boca.

-¡Eso, Fran! – Gritó Zoe para que le oyera.- En cuanto me siente junto a un fuego y tome un trago, te juro que te mato, y si no lo hicimos antes es porque eres el que conoce el paso. Así que, no corras tanto.

-A la ronda invito yo- Se giró Fran desde la cabeza del grupo.- Aunque por el vino que se derramó… poco puedo hacer.- Se adelantó unos pasos por el fango hacia la cola del grupo y, agarrando a Zoe de los hombros, le gritó:- ¡Si quieres, cuando estemos junto a un fuego, me arrojas a las malditas brasas; pero aquí te juro, Zoe, que como no te calles y corras más, te mato ahora mismo! 

-Ya, claro, mejor será que corramos junto a un fuego, porque como te decidas a matar a alguien, seguro, que terminas haciéndote daño – Zoe miró a Iván y ambos se echaron a reír.

Mientras reanudaban de nuevo la marcha el borracho y el cocinero entre carcajadas, Fran se quedó parado unos instantes. Murmuraba enfadado, pensando en cómo maltratar a sus compañeros tras llevarlos ante un buen fuego. Y se le ocurrió una idea que le hizo volver a reír, pronto les alcanzó.

-Bueno, por lo menos, habréis guardado unas monedas para una cama; con este frío, yo dormiré junto al fuego. – Dijo Fran acelerando el paso hasta dejarlos atrás. A sabiendas de que era él quien se había encargado de guardar la bolsa de dinero para todo el camino.- Bueno, ¡el último duerme con el culo frío!- y echó a correr como pudo a través del barro. 

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