En los teatros sólo para locos 

El agua siempre quiso ser aceite, el aceite aire, el aire piedra y la piedra agua. 

La sombra siempre quiso tener luz o, al menos, reflejo de un brillo, por fugaz que fuese. Y la luz siempre deseó tener sombra o forma, silueta, intimidad. 

Si el silencio fuese más tolerante, las discusiones podrían susurrarse, sin abandonarse tan lejos de lo importante. 

Conceptos, ruidosos, en movimiento, colgando de los pasatiempos que se inventan los descerebrados. Desordenados, sin sentido aparente, pero comunicativos, quizá relacionando ideas diferentes:

El aplauso sordo de las gotas, que transportan la memoria, al chocar contra los necios; aunque los necios seamos nosotros, es un misterio. 

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