La musa desnuda

Allá se detienen las aves, los labradores y los demás artistas, letristas, juglares y fugitivos furibundos. Cesan la búsqueda donde, por un momento, se dilatan los segundos y el pálpito regular de un corazón se acompasa con el de su musa, que se desnuda ante la perplejidad infantil de un caminante curioso.

Y se calman los desasosiegos, la ansiedad efervescente, la inquietud doliente y los cansancios acumulados; parecen despejarse hasta los cielos tormentosos y los pensamientos nublados, el propósito encontrado, descubierto sin quererlo entre cañas y fango. Mientras la pluma surca el aire y el azadón la tierra, el pincel corta las olas de colores y revienta tu mirada hasta entonces enferma, convaleciente por lo convencional.

Es maravilloso adormecer los sentidos, dejárselos al sonido del viento y las gramíneas, al de la laguna y el verde oliva. Imaginar las etapas acumuladas bajo los pasos del cañaveral, los hierros, la arcilla y la cal, todos juntos desnudándose ante la curiosidad. 

(Fotografía: Laguna de La Guardia) 

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