El ermitaño 

Si la sombra que gira con la luz te mira, y tú que caminas frente a un mar en carne viva le devuelves la misiva, orgulloso, sin la humildad de una existencia efímera. Si la duda queda viuda y el eco termina dejando a la curiosidad muda pero a ti no te asusta, ni te importa, ni te genera ansiedad, ni te frustra. Crees que todo se cura. Te convertirás en piedras sostenidas imitando tu figura, proyectando sombras esperando una mirada soberbia, otra captura. Y así se llenó el valle y la playa de hitos que sólo marcan un camino, de habitantes vacíos que se miran con desafío. Todo seguido, en el tiempo y el lugar de esta historia, llegó un peregrino. No iba vestido, ni era tímido, pero miró al mar y a la sombra y los convirtió en su abrigo. Allí vivió para siempre el ermitaño rodeado de piedras con formas de hermanos, de vecinos que le recordaban a viejos conocidos. Y cuando se sentía perdido miraba al mar y dormía tranquilo. 

Dicen que dejó algo escrito, una mirada humilde, un mar de palabras amontonadas y unos montones de piedras que para muchos no significan nada. 

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