Humanos

A veces nos quedamos imágenes durante demasiado tiempo, recuerdos como anotaciones al margen, y también olvidamos leer las aclaraciones de un beso que se escribe sobre renglones torcidos.

Somos humanos, perdidos miramos una flor y nos pensamos complicados, nos cuesta tanto olvidarnos, tanto acordar cualquier cosa con otros sin estropearlo…

Y sin embargo, la flor con su disfraz de fuego y morado nos ignora, por mucho que insistamos en lo vulnerables que nos sentimos al daño.

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El colibrí me devolvió la mirada

Esfinge colibrí (foto en mi patio)

(más en Instagram @cronicasdelpoeta)

Volaba un pensamiento entre la tentación morada y el filo romo de un alma rota, callando a sorbos el ansia de una mañana tranquila y sobria.

Y se apartaban las aguas de unos ojos llenos de mares revueltos, océanos contemplando el cielo, el mismo por el que transita una nube, o mil, con una silueta que me recuerda a ti.

Y se pasaban las horas y el hada jugaba con el alma rota, dando alegrías entre lanzas de sangre morada.

Y le di las gracias, y el colibrí me devolvió la mirada.

Imagina que me lo cuentas a mí

Mamá : Imagina que me lo cuentas a mí. – Dando por supuesto que, para ella, cualquier cosa que su hijo le contara sería, no sólo interesante, sino “algo que le atormenta y en lo que además seguro que le puedo ayudar”. Con todo lo que conlleve en cada casa. Mi madre, ponía siempre interés real.

El caso del que le hablaba, rescatado de una conversación larga y variopinta, era sobre “tener o no tener a alguien con quien hablar”, de cuando uno siente soledad. Algo que nos llevó a hablar abiertamente del “cuando tú no estés, mamá, a quién le voy a contar qué”. La respuesta inmediata fue “imagina que me lo cuentas a mí”.

Eso, es bonito.

Calzadas de piedra

Calzadas de piedra sobre la arena para los pies sedientos, construidas a tiempos muertos como un puzzle que nos une por dentro. Son piezas de azar para completar un mosaico de silencios y esfuerzos, de perdón y reconocimiento, donde dejar descansar los murmullos mágicos que conducen al empoderamiento.

Historias alrededor de una hoguera (15)

El arroyo se despeñaba entre las rocas junto al camino. Zoe iba atado de pies y manos, como un saco, sobre la yegua blanca y flaca que todos pensaban que era un caballo.

– ¡Ya os vale! Llevarme como a un loco. – Se quejaba Zoe que se estaba poniendo como un tomate por ir medio bocabajo.

– Como lo que eres. – Le espetó Carmen que llevaba las riendas.

Detrás caminaban Iván, Fran y Juan, en fila y sin atar.

– Es por tu bien Zoe. – Dijo Iván con tono compasivo.

-¡Y por el nuestro! – Interrumpe Fran.

-¡Con lo que he hecho por vosotros estos meses! – Vuelve a replicar Zoe.

Juan, caminaba el último junto a Iván, ambos cabizbajos y evidentemente tristes intercambiando algunas miradas, como aguantando pensamientos que pronto se convertirían en palabras.

-Pues por mi parte creo que Zoe solamente intentó liberarnos, no os olvidéis de que Carmen nos lleva a rendir cuentas con un mecenas de dudosas intenciones. – Protestó Juan con tono educado para no enfadar a Carmen.

Ante el comentario de Juan, Carmen detuvo la yegua y se giró proyectando una mirada fulminante. Todos se paralizaron al instante.

– Bueno, Bueno, no iniciemos otra pelea. Quizá deberíamos buscar algún abrigo entre las rocas y preparar una buena sopa. – Intentó apaciguar Iván.

-¡Me gusta la idea! – Carmen cambió el gesto y, sonriendo a Iván, cortó las ataduras de Zoe que cayó de culo en el arroyo, como casi siempre terminaba. Todos se le quedan mirando.

-Bueno, habrá que hacer una hoguera, que los pantalones no se van a secar solos. – Dijo Zoe aliviado mientras el resto contenía la risa al verle sentado en el agua gélida.

La fragua

Habría en el imaginario colectivo santuarios a la vorágine profusa de vida, a una visión conjunta de anhelos exuberantes. Ostentosas criaturas adornarían las entradas, sin esculturas muertas, el techo parecería ser cielo y el suelo agua.