Júpiter en la Tierra

Playa de Gueirúa. Espero que os guste.

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Hierve

Qué soy sino la nada en tu memoria, generada por el tiempo sin vernos, ni estándonos quietos. Aparentemente lejos aunque te lleve por dentro.

Qué soy sino el espacio que nos separa mientras la gravedad me aparta hacia la órbita desesperada de una onda en el agua, donde mis ojos sangran.

Qué eres tú, sino el dolor que inspira estas palabras empapadas en lágrimas de autocompasión y salvas al aire en el funeral de lo que te amaba.

Y el camino sigue, como sigo encontrando personas varadas en las mismas estaciones donde recuerdo que nuestro tren no paraba.

Hasta siempre, nos veremos cubiertos de hechos consumados, de musgo y helechos, acurrucados tras el parpadeo de un recuerdo hiriente que a pesar del tiempo hierve, siempre, en mi corazón hierve.

Tu rostro

Recuerda siempre aquel rayo que se cruzó en tu tormenta para iluminarlo todo, aunque fuese tan sólo un segundo.

No hizo falta entonces más que la luz atravesando la oscuridad para darle paz a tu rostro. No haría falta ahora más que tu rostro para traerle paz a cualquier oscuridad, aunque siempre sea la de otro.

Una vez más

Una vez más frente al mar, inmerso en una batalla contra tu propia insensatez. Otra vez frente a ti mismo, aún rodeado de los vestigios de un público que mira sin estar y calla en vez de hablar cuando se le da la oportunidad, ya pensaste en esto tiempo atrás. ¿Qué es mentira? ¿Qué verdad? Te vuelves a preguntar. Una última vez aguardando remolinos de resaca y tormentas de emociones adulteradas por y para uno mismo. Inadaptado tu Yo y él, se miran a la vez que salta al espejo naranja un destello de un atardecer sin alas.

El sol cae irremediable sobre el mar, como plomo de pescador atraído por la gravedad. Se forman ondas en el agua que lees como posos de un café frío. Aprendes que ciertas letras para palabras son balas perdidas, escupidas contra dianas y pronunciadas como una marejada ruidosa sobre la playa que todo lo arrastra, incluso el mañana.

Una vez más frente al mar, con la profundidad perdida en el horizonte de una mirada desconsolada y sin patria.

Los amantes sin nombre

Litorales en ruinas, moldeados por mil mares de amores admirando sueños, cobijan caminantes que al pasar imaginan pilares y arbotantes.

Adivinan si esta línea tan fina delimita la sombra y la dicha, es más o menos parecida a ese gesto que avecina una sonrisa, o tan fortuita como esa mirada lanzada al aire que no recoge nadie.

Columnas de rocas entendidas como expresiones guturales del alma y la ola, del viento y las horas. Convertidas en catedrales, templos solares o rincones para insomnes tesoros escondidos en un cofre, como se esconden los amantes sin nombre.