Pétalos de invierno

Me duele algo, me duele todo.

Las lágrimas que no salen. Llorar por todo lo que no has llorado en los últimos años, algunos abrazos. Las emociones enquistadas en un pétalo que se cae en mi regazo.

Me duele el desamparo, el ruido cuando contemplo un cuadro. Me duele el tiempo, contar mis cuentos y mirar a los lados sin encuentro. Me duele todo, me duele algo, sobre todo cuando te extraño.

Caminos imaginados rectos que serpentean esquivando agravios.

Sin embargo, hay algo cálido en el dolor que me permite aguantarlo. Hay mañanas hermosas que silbo embobado ante un descubrimiento. Quizá sea un insecto hermoso, una cascada o un pétalo rojo saltando al vacío, soltándose y volando errático, dejándome la suavidad, el movimiento, de tus maravillosos labios enamorados en mi recuerdo.

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Dulce escritura

Veo los olivos como ejércitos disciplinados tomando los colores pálidos del campo en este enero largo.

Veo desnudos los pueblos e insoportables las ciudades, vacíos legales, autocríticas tristes, emociones reales.

Descifro un horizonte cercano entre mis zapatos y el barro seco de otro parpadeo ansioso, sin lágrimas.

Y escribo.

Dulce escritura, mis cuidados intensivos, mis primeros auxilios. El aplauso de un teatro abarrotado golpeando en mis costillas por debajo. La morfina imperativa tras la grave herida y la caída. El silencio que la sutura.

Dulce escritura, mi vida, mi locura, la evasión perfecta de la cárcel más oscura.

Líquenes

Estiraban los dedos intentando tocarse, disimulando, mirando a otros, hablando con otros, queriendo a otros.

Estiraban sus sombras, sus otros planes, el tiempo corto de un martes y hasta las vocales de las palabras que dedicaban a otros.

Y mientras sucedían por separado sus vidas, estiraban sus dedos, como un reflejo inconsciente de una chispa, el uno hacia la una, la una hacia el uno.

Dos líquenes recorriendo el mundo, iluminados hoy por una luna que no se ha visto en cien años. La una hacia el uno, el uno hacia la una.

Veneno

Veneno, solitario y certero, para uno y varios, temerarios, rebaño de pastores descarriados y a pesar de todo hermanos.

Serenos, compartimos la oscuridad de nuestros fuegos, explosiones de sentimientos, la luz en la caverna que desata el sufrimiento.

Somos ojos, rostros descalzos, envenenados, cruzando el universo mientras fuera sigue lloviendo sin descanso. Un suspiro, apagándose como el vaho de primavera en un invierno demasiado seco y largo.

Veneno, corteza de la compasión, toma áspero el silencio, consume y dirime, despacio, sobre el cuerpo prestado, casi nuevo, sin sobresaltos. Fluye.

Fantasmas

Fantasmas, nubes de elecciones pasadas, errores. Llegan a mí en invierno como el asma en primavera y se quedan, me sedan, mientras mis manos se aferran a los muertos que nunca mueren y que siempre huelen bien.

Fantasmas bajo la cama, sobre la lámpara y entre las sábanas. Como arrugas bajo la plancha me someto a la indiferencia de un mundo plano. El planeta de los vivos, aullidos y aplausos, comportamientos apropiados y abismos. Les felicito y me giro.

Como un adolescente en otro tiempo, encuentro en la música el bálsamo y muero, sueño que me fundo con el firmamento y me disuelvo como lluvia sobre algún cerro. Me vierto hacia un cielo incierto, mares abiertos, miedos y fantasmas eternos. Y de pronto suena la nana de un viento fresco y se calman los anhelos, pues siempre me trae tequieros.

Mi corazón de madera

Mi corazón de madera suena, latidos de cuerdas tensas. Melodías de un lejano oeste que nunca estuvo tan al sur ni tan cerca.

Bajo un sombrero se llenan de polvo los acordes, como nubes de recuerdos se levantan, vuelan. Y suenan, la soledad y las fieras, acechando entre tinieblas en un mundo donde el sol no llega, ni espera.

Si apenas enciendo una hoguera se queman mis vanidades, las que me quedan y suenan, los acordes, hambrientos de colores y nuevas ideas. Pero se queman, durante el instante exacto en el que se revelan mi corazón de madera y mi esencia.

Historias alrededor de una hoguera (12)

La mañana teñía pálida de plata los azulejos viejos del porche medio enterrado. La noche había sido larga y fría. Iván no fue capaz de cocinar nada para la cena y, aún ahora, combatía el insomnio rebuscando por todas partes algo que llevarse a la boca. Zoe y los demás parecían estar muertos, o eso expresaban sus rostros cansados, medio dormidos y azulados de frío.

-No fuiste capaz de hacer el fuego ayer, ni nada de cenar, tampoco nos dejas dormir. Me pregunto por qué te dejamos venir con nosotros. – Rebuzna el borracho con resaca.

-Eso, Iván. Ni una miserable ensalada silvestre. – Se queja Juan.

-Habló el mudo. ¿Qué ha pasado que ahora hablas y anoche callabas? Siempre tienes mil historietas y ayer nos dejaste sin cuento. Me pregunto por qué te dejamos venir con nosotros. – Ladra Zoe dándole una patada a Juan, que está tumbado a su lado.

– El fuego lo podéis hacer cualquiera. – Replica Iván. – Y no fui yo el que nos metió en un matadero abandonado pensando que llenaríamos las panzas.

Fran, que estaba haciéndose el dormido, se incorpora y habla después de soltar un tremendo bostezo: – Si el idiota de Zoe hubiese comprado el mapa que le encargué y no se hubiera bebido el dinero…-vuelve a bostezar.

– Vaya, un rastreador, guarda y guía que necesita un mapa.- Le interrumpe Zoe. – Me pregunto por qué te dejamos venir con nosotros. Yo al menos conseguí el encargo. Por cierto, gracias por esas jarras de cerveza.

– ¡Lo tengo, por fin, con esto y un fuego puedo hacer una sopa! – Exclama Iván sosteniendo un diente de león en la mano. Cuando se gira, todos corren como locos a encender la poca yesca que encuentran.

– ¡A desayunar! – Grita Zoe mientras corre a por unos pocos palos para la hoguera.