¿Quién grita? 

¿Quién grita dentro de mí? ¿Quién desgarra mis vísceras con su voz dolida?¿Quién se arremolina entre mis sábanas y se marcha por la mañana? ¿De quién es la brisa que sopla en mi oído? ¿Son palabras susurradas en la almohada, o imaginaciones mías desesperadas?

La soledad marchita me grita, enreda en mis pensamientos lo que quiero, lo que tengo y lo que en lo más profundo deseo. Nada es lo mismo cuando cambian las reglas del juego y aquí estamos, seguimos adelante, solitarios y aprendiendo. 

No es la vida quien grita sino la voz que le imaginé a todas esas noches vacías. La soledad sin invitación que se mete cada noche conmigo en la cama y me ata.

Algún día la invitaré a bailar, de madrugada, cuando los locos dejamos atrás los convenios con la realidad para sentirnos libres antes de despertar. 

La libertad es tan solitaria que es difícil amarla, y tan deseada…

Y si no te quiero 

Llegamos hasta aquí, al final de tanto, al principio de todo. Jugando con el viento entre los dedos como hojas en invierno. Sintiendo vértigos, incertidumbre, frente al reto de seguir hacia la puesta de sol, que nunca se acaban, que nunca me faltan. 

Acompaño las ansias con el silencio de unos párpados como nubes, recordando que antaño lloraban granizos, dejaban nieve apelmazada entre capas de sonrisas congeladas, glaciares que una mañana dejaron de derretirse por tu mirada.

Y miro fijamente el fuego del firmamento hasta sentir arder el miedo, el mismo que me trae las ganas de salir corriendo. Ahora lo venzo, en cuanto consiga entender por qué te quiero. 

Y si no te quiero, ¿por qué te espero? 

Y si no te quiero, ¿por qué tengo la sensación de seguir persiguiendo un sueño? 

Asómate a la vida 

En esos días que todo brilla menos uno, cuando todo lo que amo me esquiva. En esos días envueltos de monotonía, de envidia por todo aquello que pasa ante mí y respira. 

Asómate a la vida pues, la compañía esperada, no es sino el engaño de los que a veces no disfrutamos los placeres que la costumbre nos brinda.

En otros días soñando colgado de un árbol en mi hamaca, pienso el mundo tan ancho, “algún día lo cruzarás a nado.” Me digo y me engaño mientras observo este maravilloso lago, sentado, a la vez que el amor se va evaporando. 

Qué es Amar

Amar es sentir la necesidad combustible, imaginar lo que uno quiere, despegarlo de la realidad y convertirlo en la esencia, la brújula, que guía tu camino. Así es como, el desamor, nos convierte en barcos sin rumbo, a la deriva, a merced de las olas. 

Dicen que lo que se siente al amar es calidez. 

Para mí amar es un síntoma de que uno está vivo, el desorden molecular que precede a un cambio. Entropía irrefrenable, incontenible y oxidable. 

Las llaves 

Se calientan los días, las masas de aire se iluminan, se secan las espigas y, después de todo, nunca volvimos a compartir aquella sonrisa que nos prometimos. Nunca terminó siendo el significado de siempre. 

Enterramos nuestros sueños viejos o muertos porque sabemos que los soñaremos nuevos. Construimos olvido, empezamos a dejar de lanzarnos silbidos y a no decirnos las cosas con cariño.

Las personas que amamos son llaves a nuestro corazón que a veces perdemos; por las que hemos cambiado tantas veces la cerradura.

Qué hermoso concepto, pensar que un corazón es la puerta a una cabeza, que no todos entran y que todas esas personas que un día fueron, serán para siempre las llaves perdidas en el fondo del mar, como decía la canción. 

Me encanta el mar y buscar en él. Me encanta pensar que el cielo es azul porque el mar lo es. Imaginar que lo ardiente entre las nubes, ni es el sol, ni la metáfora del renacer. Es lo que sucede cuando, en algún lugar, alguien encuentra una llave perdida y abre una puerta entre cien.

Solitarios 

Los solitarios miramos a la sociedad con nostalgia, como a un vacío que nunca lograremos llenar. Y escuchamos los ecos que reflejan las voces en los años que han ido pasando, desde donde estuvimos hasta donde estamos. Y seguimos bailando desnudos bajo las luces intermitentes de una tormenta veraniega. Invocando misticismos, sumergidos en el rito ancestral que conecta a los hombres con la parte más oscura de sí mismos. 

Nunca estuve más en calma, ni tuve tanto mar, ni tanto viento y, sin embargo, cuando miro por encima del firmamento, me reconozco buscando esa sensación de piel salada bajo tus sábanas.

No pasa nada, me subiré en el próximo rayo y me descolgaré entre cuentos, justo para salvar a los buenos de los malos, en esa historia que sólo pueden contar los solitarios y que los demás escuchan como un murmullo lejano.